sexy como siempre

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lo mejor del sexo!..

domingo, 26 de octubre de 2014






De Como Me Volvi Una Exhibicionista

Me llamo Ana y tengo veinte años. Empezaron a salirme los pechos mucho antes que a todas mis amigas, lo que me tenía bastante acomplejada, sobre todo cuando nos duchábamos en el colegio, después de la clase de gimnasia, y mis compañeras señalaban esos bultos de buen tamaño. Recuerdo que preguntaba a mi madre si dejarían de crecerme en algún momento. Ahora los tengo muy grandes, pero ya no me importa.

Me considero una mujer sencilla vistiendo. Nada de escotes exagerados para salir a la calle , casi siempre utilizo pantalones, las pocas veces que me pongo falda son largas, bastante por debajo de las rodillas. Por supuesto, uso ropa interior. En casa, cuando hace buen tiempo, utilizo una camiseta y un pantalón corto, siempre duermo con pijama. Nunca me ha gustado llamar la atención, prefiero pasar desapercibida. Hasta aquella calurosa noche de verano en la que todo cambió.

A pesar de tener todas las ventanas abiertas y de estar tumbada en ropa interior encima de la cama, estaba sudando y era incapaz de quedarme dormida. A la una de la madrugada, harta de estar dando vueltas en la cama, se me ocurrió que si andaba un rato, a lo mejor me cansaba y conseguía, por fin, conciliar el sueño. Me puse una camiseta que suelo usar para estar en casa y unas sandalias y salí a la calle.

Paseé por la calle solitaria de la urbanización hasta llegar a la piscina comunitaria, que estaba completamente a oscuras. Después de descalzarme me senté en el borde de la piscina, chapoteando en el agua con los pies. En contraste con la temperatura del ambiente, el agua estaba agradablemente fría. Me quité la camiseta y estuve más de media hora nadando.

Mientras paseaba por el césped supuse que las bragas y el sujetador, de color blanco, se trasparentarían, permitiendo ver mis pezones, grandes y rosados, y el triángulo de pelo rizado de mi conejo. Más tarde intenté localizar la camiseta, pero al estar tan oscuro me estaba costando trabajo. Me dio morbo pensar que para volver al chalet tendría que atravesar toda la urbanización en ropa interior. Finalmente conseguí encontrarla, me la puse y me volví a casa.

Cuando llegué al chalet me quité toda la ropa en la cocina, metiéndola en la lavadora. Subí al dormitorio en pelotas y me quedé unos instantes delante de la ventana abierta. Sabía que con la luz apagada nadie se daría cuenta de que estaba desnuda, solo verían una silueta borrosa. Aún así me sentí un poco exhibicionista, como esas personas a las que les gustaba quedarse ligeras de ropa en lugares públicos.

Esa noche, por primera vez en mi vida, dormí desnuda. Cuando sonó el despertador ya había amanecido. Como tenía por costumbre me levanté en seguida, para evitar volver a quedarme dormida. De pronto me di cuenta de que estaba en bolas, con la ventana completamente abierta. Rápidamente me tapé con la sábana y salí del dormitorio.

La noche siguiente hacía menos calor, por lo que volví a ponerme el pijama, con bragas y sujetador debajo, naturalmente. En un momento que me desperté miré el reloj, comprobando que eran poco más de la una de la madrugada. Entonces recordé lo que había disfrutando nadando a oscuras en la piscina. Sin dudarlo me cambié el pijama por una camiseta y salí del chalet.

En esta ocasión se me ocurrió desnudarme por completo. La sensación de notar el agua fría directamente en los pechos, las nalgas y el conejo, es algo que no puedo explicar con palabras. Hubiera deseado quedarme allí toda la noche, pero tenía que dormir un poco o al día siguiente me resultaría imposible madrugar. Para volver al chalet solo me puse la camiseta y las sandalias, paseando por la calle con la ropa interior en la mano. Me encantó notar mis tetas moviéndose libremente debajo de la ropa. Antes de entrar en el jardín me subí la camiseta hasta la cintura, quedándome durante unos instantes con el culo al aire justo debajo de una farola.

La experiencia me había resultado tan agradable que, a pesar de estar muy cansada, decidí repetirla una noche más. Puse el teléfono móvil para que sonara a la una de la madrugada y me tumbé en bolas encima de la cama. Cuando oí la alarma me puse una camiseta, sin nada debajo, y las sandalias. Una vez en la piscina me metí desnuda en el agua, dispuesta a hacerme unos cuantos largos, pero el cansancio pudo más que mi deseo de nadar y preferí tumbarme en la hierba.

Notando el frescor de la hierba en la espalda y en las nalgas, con los ojos cerrados, me imaginé que era de día. La piscina estaba llena de gente nadando, paseando o tomando el sol, mientras yo exhibía mi cuerpo desnudo delante de todos. Podía ver la mirada llena de deseo de los hombres, que no dudaban en pararse a mi lado para contemplarme, mostrando el bulto de sus rabos tiesos debajo del bañador.

Estaba tan excitada que hice algo que solo unos días antes habría considerado una auténtica locura. Cogí la camiseta en la mano y volví al chalet llevando puestas solo unas sandalias. Los pechos se me movían de la misma manera que la noche anterior, pero esta vez podía vérmelos, poniéndome más caliente todavía. Iba mirando a los chalets, alineados a ambos lados de la calle, comprobando que todas las ventanas tenían la luz apagada, aunque no me hubiera importado que alguna de ellas se hubiese encendido. Aquello le habría añadido un poco más de picante a la situación.

Al día siguiente estuve muerta de sueño durante toda la mañana, llamando la atención de mis compañeros de trabajo con varios sonoros bostezos. Después de comer me tumbé en el sofá, en pelotas. Cuando me desperté, completamente descansada, ya era de noche. Me alegré de tener un espeso seto rodeando el jardín, que impedía que la parte baja del chalet se viese desde la calle, así no tuve que vestirme para cenar. Luego estuve leyendo hasta la una de la madrugada, mi hora favorita.

Mi primera intención era ponerme las sandalias e ir hasta la piscina con la camiseta en la mano, pero en un impulso repentino salí a la calle desnuda y descalza. Mientras paseaba bajo la luz de las farolas me daba cuenta de que iba completamente desprotegida, si me encontraba con alguien no tenía nada de ropa con la que taparme; tendría que ocultar mis partes más íntimas con mis propias manos. Solté una carcajada al darme cuenta de que sería imposible tapar por completo mis enormes pechos, aunque utilizara las dos manos, dejando el coño al aire.

Después de estar nadando y chapoteando en la piscina durante más de dos horas, volví al chalet andando tranquilamente, disfrutando de mi desnudez. El paseo me resultó muy corto, así que dejé atrás los últimos chalets y continué paseando a oscuras por la carretera. Puesto que a esas horas era casi imposible que pasara algún coche, fui todo el tiempo acariciándome las tetas y el conejo, hasta que se me pusieron los pezones tiesos y deseé encontrarme con un hombre que me follara , agotándome de placer.

El sábado me desperté a media mañana, ya que no tenía que ir a trabajar. Corrí todas las cortinas y estuve barriendo y fregando el chalet el bolas. Cuando llegó la hora mágica, la una de la madrugada, el libro que estaba leyendo estaba en la parte más interesante. Me costaba elegir entre mi antigua afición a la lectura y mi reciente afición al exhibicionismo. Afortunadamente se me ocurrió que podía hacer las dos cosas. Salí a la calle y me senté desnuda en un banco, con el libro en la mano.

Una vez terminado el libro, lo dejé en el banco, a mi lado. Empecé a pensar que estaba rodeado de hombres en pelotas, que se ponían cachondos al mirarme las tetas. Algunos se acercaba para rozarme los muslos con el rabo, completamente tieso, tratando de penetrarme. Otros me pasaban la polla por los labios, para que me animara a chupársela. Al salir de aquella maravillosa ensoñación, observé que tenía las piernas abiertas, con dos dedos metidos en el coño mojado, y jadeaba ligeramente. Me sobresalté al darme cuenta de que podría haber pasado algún vecino y verme masturbándome.

Recogí el libro y volví corriendo al chalet, apretándome los pechos con las manos para que no botaran descontroladamente. A pesar de la vergüenza que me había provocado la situación seguía excitada, así que me tumbé en la cama y me froté el clítoris hasta que tuve un magnífico orgasmo. No conseguí dormir en toda la noche, pensando en que había llevado demasiado lejos mis tendencias exhibicionistas.

El domingo pasé todo el día vestida con una camiseta y un pantalón corto, incluso me puse bragas, sujetador y unas sandalias, como había hecho hasta hacía poco. Tomé la determinación de no volver a salir desnuda a la calle, ni ir a bañarme a la piscina por las noches, y mucho menos masturbarme sentada en un banco, en una calle perfectamente iluminada.

Antes de cenar me duché. Mientras me secaba se me ocurrió que no pasaría nada por estar desnuda dentro del chalet, teniendo cuidado de que las cortinas estuviesen corridas. Bajé a la cocina con todo al aire y descalza. Me comí una ensalada, al tiempo que empezaba un nuevo libro. Después me tumbé en el sofá, enfrascada en la lectura.

Pegué un bote cuando sonó la alarma del móvil. Parpadeé, sorprendida de que se hubiera hecho tan tarde. Antes de irme a dormir, como despedida de mi época de exhibicionista, salí un momento al jardín. El airecillo fresco por mi cuerpo sin ropa y el tacto de la hierba en mis pies descalzos terminaron al instante con mis buenos propósitos. Fui andando a buen paso hasta la piscina, me tiré en plancha al agua y estuve nadando hasta terminar agotada. Se había hecho tan tarde que no podía esperar a secarme, volví al chalet mojada, con el agua resbalando por las piernas y por los pelillos rizados del conejo.

Aquello cambió definitivamente mi modo de vida. En cuanto volvía al chalet, después del trabajo, me quedaba en bolas y no volvía a vestirme a menos que tuviera que ir a algún sitio. Después de comer me echaba una buena siesta, luego cenaba algo ligero y esperaba pacientemente a que sonara la alarma del móvil, a la una de la madrugada. Entonces recorría toda la urbanización, desnuda y descalza, para ir a bañarme a la piscina. O me sentaba en un banco, con las piernas abiertas, acariciándome las tetas o el clítoris mientras leía un libro. Tuve varios orgasmos al aire libre, que me proporcionaron un placer con el que nunca hubiera soñado.

Cuando volvía al chalet encendía la luz del dormitorio y, todavía en pelotas, preparaba la ropa que usaría al día siguiente. Me excitaba pensar que si alguien pasara por la calle podría verme claramente. Una noche, que estaba especialmente cachonda, me masturbé delante de la ventana, jadeando y gritando como una bestia.

Disfrutaba plenamente estando desnuda por la calle. Me imaginaba que en alguna de las ventanas de los chalets, oscuras a esas horas de la madrugada, podía haber un hombre mirándome y haciéndose una paja, sin dejar de mirar el movimiento de mis tetas y mis nalgas. Pero llegó un momento en que eso no me bastaba, necesitaba estar segura de que alguien me veía ligera de ropa.

Un domingo por la mañana fui a la piscina. Aunque la visitaba mucho últimamente, era la primera vez que iba durante el día. Extendí la toalla sobre la hierba, rodeada de hombres mujeres y niños, y me quité las sandalias y la camiseta. Debajo llevaba unas braguitas de biquini y un sujetador negro. Con toda naturalidad, como si llevase toda la vida haciéndolo, me quité el sujetador, dejando a la vista de todos mis enormes pechos. Lo doblé cuidadosamente, guardándolo en el bolso, y me puse un sujetador de biquini a juego con las braguitas.

Los pocos segundos que estuve enseñando las tetas fueron suficientes para satisfacer mis deseos de mujer exhibicionista. Miré a mi alrededor para observar las reacciones de la gente que tenía cerca. Varios hombres parecían encantados del espectáculo que les había ofrecido y lamentaban que me hubiese tapado. Algunas mujeres estaban escandalizadas, sobre todo las más mayores. Dos niños me miraban asombrados, supuse que o nunca habían visto unos pechos femeninos o los míos eran los más grandes que habían tenido al alcance de sus ojos.

Estuve nadando un poco en la piscina, pero no tardé en volver a la toalla. Los pequeños tozos de tela que cubrían mi cuerpo le quitaban toda la gracia al baño. Pasé el resto de la mañana tumbada tomando el sol o paseando por la hierba, desesperada porque faltaban muchas horas para que pudiese estar allí como a mí me gustaba: desnuda.

Antes de la hora de comer ya estaba completamente aburrida y decidí volver al chalet. De pie encima de la toalla, me quité el sujetador del biquini, luciendo de nuevo los pechos durante unos segundos. Después de ponerme la camiseta me bajé las braguitas, poniéndome a continuación unas braga blancas. Al entrar en los vestuarios, porque tenía necesidad de ir al baño, me miré en un espejo. Tenía los pezones tan duros como si hubiera estado masturbándome.

Cada día que pasaba aumentaba mi necesidad de llamar la atención de la gente. En primer lugar dejé de utilizar sujetador casi por completo, solo me lo ponía para ir a trabajar y, camino de la urbanización, paraba a un lado de la carretera para quitármelo. Me compré varias camisetas que me llegaban por los muslos, bastante escotadas.

Aunque seguía saliendo por las noches, a la una de la madrugada, para pasear, nadar en la piscina o leer sentada en un banco, añadí algunas nuevas costumbres a mi vida. Empecé a andar por la calle durante el día con una de las camisetas, en la que se marcaban claramente los pezones. Buscaba alguna excusa para agacharme, mostrando las bragas y luciendo las tetas desnudas por el escote. Varios días me puse un tanga de triángulo y no dudé en permitir que me vieran las nalgas.

En el chalet iba siempre en bolas, incluso cuando estaban las cortinas descorridas. Me daba cuenta de que podían verme desde los chalets de enfrente, donde vivían varios hombres y un par de adolescentes, pero no me importaba en absoluto, al contrario, solo de pensarlo me ponía a cien. Si no me hubiera contenido habría pasado todo el día con los dedos metidos en el coño, masturbándome. Para salir al jardín me ponía una camiseta, sin nada debajo.

Un día salí por la tarde a dar un paseo. En lugar de la camiseta me había puesto un pantalón corto y ajustado de color blanco, con un tanga negro. También llevaba una camisa azul bastante fina, en la que se trasparentaban ligeramente los pezones. Me encontré con un matrimonio con el que estuve charlando un buen rato. Observé, agradecida, que los dos me miraban disimuladamente los pechos. Cuando nos despedimos bajé la vista a mi escote, comprobando que se me había desabrochado un botón y lucía un precioso canalillo. En lugar de abrochármelo, me desabroché un botón más y continué andando deprisa. Las tetas se me movían de un lado a otro, dejando a la vista los pezones.

Me apetecía, para variar, dar un paseo por el campo. Ya me había puesto unas bragas blancas y al coger la camiseta me di cuenta de que era una talla más pequeña que la que me correspondía. Aún así me la puse y me miré en el espejo del armario, para ver qué tal me sentaba. Era tan corta que en cuanto me movía un poco se veían las bragas. Además, al quedarme muy ajustada se me marcaban la forma de los pechos y los pezones, tiesos, parecían querer desgarrar la tela.

Inmediatamente me di cuenta de lo mucho que llamaría la atención saliendo así a la calle. Era una oportunidad que no podía desperdiciar. Para sentirme más femenina y deseada me puse unas sandalias de tacón alto. Disfruté como nunca atrayendo las miradas de todas las personas con las que me cruzaba, aunque algunas me dedicaron algunos comentarios desagradables.

Al llegar al final de la urbanización continué andando por el campo, pero las sandalias que llevaba no eran nada adecuadas para pasear en plena naturaleza, así que me las quité y continué descalza. Cuando llevaba un buen rato andando y ya no se veían los chalets, me quité las bragas. De vez en cuando me subía la camiseta hasta la cintura, disfrutando del aire en el culo y en el conejo.

Volví a la urbanización casi de noche y había muy poca gente por la calle. Eso me decidió a seguir con las bragas en la mano, enseñando la parte baja de las nalgas. Estaba tan contenta de haberme exhibido de aquella manera, que me quité la camiseta en el jardín del chalet y estuve recogiendo la ropa que había lavado, completamente en bolas.

A partir de ese día no volví a usar ropa interior para andar por la urbanización, aunque no me decidí a utilizar de nuevo aquella camiseta tan corta y ajustada. También me acostumbré a ir siempre descalza, tanto por la urbanización como en algunos paseos que me daba por el campo.

En otra ocasión, había estado nadando desnuda en la piscina. Antes de irme a dormir estuve preparando la ropa que usaría al día siguiente, con la luz del dormitorio encendida. Al mirar por la ventana vi que, en el chalet que había justo enfrente, también estaba encendida la luz de una de las habitaciones. Mi vecino, de unos cuarenta años, estaba en calzoncillos, sin apartar la vista de mi cuerpo.

Me acerqué lentamente hasta la ventana, acariciándome los pechos con las dos manos. Mi vecino se queda en bolas y empieza a masturbarse. Ver por primera vez a un hombre haciéndose una paja me excitó muchísimo. Me abrí de piernas todo lo que pude y me metí los dedos en la raja, mientras con la otra mano me frotaba el clítoris. Seguí pendiente de su polla, de buen tamaño. Él estaba completamente empalmado y yo tenía la rajita mojada. Nunca me había masturbado delante de otra personas y me encantaba saber que me observaban, me ponía muy cachonda.

Un rato después vi salir un enorme chorro de semen del rabo de mi vecino. Estaba más caliente que nunca, gritando y jadeando como una loca. No tardé en correrme yo también, quedándome sentada en el suelo, sudorosa y agotada. Acababa de tener el mejor orgasmo de mi vida. Cuando me levanté para ir a ducharme la luz de mi vecino ya se había apagado. Todas las noches, al volver de mi paseo, miraba su ventana mientras me metía los dedos en el coño, pero no he tenido la suelte de volver a verle.

Lamentablemente llegó el mal tiempo, con una bajada de temperatura importante. No podía salir a la calle con solo una camiseta y unas bragas, tenía que ponerme también sujetador y una chaqueta para no pasar frío. Dentro del chalet, gracias al buen funcionamiento de la calefacción, podía seguir yendo desnuda y descalza. Aunque tenía las ventanas cerradas, continuaba con las cortinas descorridas, exhibiéndome delante de los vecinos de los chalets de enfrente.

Una noche lluviosa quise hacerme la valiente, esperé a que llegara la una de la madrugada y salí a dar un paseo nocturno. Nada más pisar la calle noté frío en los pies descalzos, pero continué andando hasta llegar a la piscina. En seguida me tiré al agua, que estaba a una temperatura agradable. En cuanto salí me quedé helada. Atravesé corriendo la urbanización, deseando estar en mi chalet cuanto antes. Las tetas se me movían más que nunca y, a pesar del frío que estaba pasando, me excitaba pensar que alguien pudiera asomarse a la ventana y ver a una loca corriendo en pelotas bajo la abundante lluvia.

Aquél alarde de exhibicionismo me supuso estar una semana metida en la cama, con fiebre y un buen resfriado. Naturalmente no volví a intentarlo. Una vez recuperada me limité a andar desnuda por el chalet, esperando que alguno de mis vecinos pudiera verme luciendo mis encantos. Lo que ocurrió a partir de entonces no tiene ningún interés, así que creo que es el momento de terminar est
e relato.